Crónica de un desespero

Os explicaba el otro día en el post “Where the streets have no name” lo difícil que nos resultaba llegar a los sitios en Tokio. La solución final era utilizar el taxi. Era la solución, sí, pero no os imagináis lo que nos hacía sudar. Hasta que no comprendimos que los taxistas no entendían la grafía latina tuvimos varios momentos de estrés agudo. Una vez comprendimos que la dirección en inglés no significaba nada para ellos y pasamos a la grafía japonesa pensamos que todo sería pan comido. Error. Craso error. “Pero si está en japonés. Cómo es posible que no lo entienda!”. Este era mi comentario desesperado. Pues no, no lo acababan de entender. Entonces empezaba toda la maniobra con el GPS o el comodín de la llamada. Y al final emitían un sonido gutural que era la señal de que ya sabían dónde tenían que ir.

Estamos en Seúl. Y ésto es terrible. Es igual o peor. Creo que Dani y yo hemos envejecido 3 meses de nuestras vidas en este viaje sólo por este concepto.

El último episodio ha sido ahora mismo, cuando volvíamos de cenar al hotel. Como que ya me sé de memoria el proceso, me he permitido sacar fotos. No las voy a compartir aquí por respeto al señor, pero la secuencia es como sigue:

1. Enseñamos la tarjeta con la dirección del hotel en inglés y coreano. Sí, en coreano también. Esta lección la llevamos aprendida. Todo claro. Ya la enseñamos antes de subir al coche

2. Hay dos opciones. a) afirmativo, conoce el destino (no se ha dado el caso). b) juguetea con el GPS, aparentemente da con el sitio y nos da el OK.

3. Entramos en el coche. Arranca. Se desplaza 50-100 metros, se detiene y nos vuelve a pedir la tarjeta del hotel. Vuelve a leer. Y la vuelve a leer. Habla. No le entendemos. Aproxima la tarjeta a la luz (importante, la mayoría son ancianos). Masculla algo. Le volvemos a decir en voz alta el nombre del hotel. Vuelve a mirar la tarjeta.

4. Toquetea el GPS. Otra vez. Entonces nos preguntamos qué narices ha consultado antes. Miramos atentamente cómo escribe la dirección y es cuando nos damos cuenta de que cada signo lo construyen. No existe la letra “prefabricada”: Para escribir “A” tienen que construir el signo a partir de los diferentes elementos. Esto ya es un punto de dificultad añadido. Este ejercicio lo pueden llegar a hacer 2 ó 3 veces.

5. Se gira y dice “Telefon”. Esto es el comodín de la llamada. Llama al sitio de destino, están 2-3 minutos hablando y ya parece que lo entiende. Y, ale-hop, emprende la marcha. Por cierto, marcha que se parece más a la conducción de mis hijos en los autos de choque que a la de un taxista profesional.

6. Felizmente llegamos al destino. En este último caso, hemos tardado 13 minutos en investigar el recorrido y 2 en llegar al hotel. Tremendo, apoteósico. Casi casi aplaudo al llegar.

Sí, lo siento si soy muy irónico. Pero es que no os podéis imaginar la bilis que me ha generado este episodio estos últimos días.

Tiene que haber algo en todo ésto. Tiene que haber una razón que se nos escapa. Cuando sólo estaba en inglés llegamos a la conclusión de que era la barrera cultural, no sólo idiomática sino también de marco mental. Por ejemplo, tanto en japonés como en coreano no saben si una frase es afirmativa o negativa hasta el final. No es hasta el final donde se decide todo. Como en la Liga este año (#kgmkny). Por este motivo ponen cara de póker cuando hablan, porque no saben hasta el final si se les alaba o se les critica.

Pero, ¿por qué pasa ésto cuando está escrito en su idioma?. No lo hemos comprendido todavía. Tienen el GPS que les ha cambiado la vida. Seúl antes era como Tokio; no había nombres en las calles y lo más normal era perderse. Ahora tienen la tecnología. Y ni así hemos podido hacer un sólo recorrido plácido. Si alguien tiene alguna respuesta, se la agradeceremos enormemente. Quizás en los 2 días que nos quedan podemos prolongar en 15 días nuestras vidas….

Nota de Autor: La corrección del vocabulario aquí descrito no se corresponde para nada al proferido dentro del habitáculo del Taxi

 

 

 

 

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