Lost in Translation

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¡Qué gran película! La ví hace años y me auto-prohibí verla antes del viaje a Tokio. La veré de regreso. No quería estar bajo su influencia durante nuestro descubrimiento de la capital. Ya en Seúl, fuera del entorno nipón, os aseguro que en muchas ocasiones he tenido la sensación de Bill Murray. No, no soy un cotizado actor en horas bajas rodando un spot para un whisky japonés. Y muchísimo menos mi compañera de viaje iniciático es Scarlett Johanson. “Lamentablemente” ha sido Daniel Osuna. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, ya lo sabemos.

A pesar de todas las diferencias de contexto, el sentimiento de “Lost in Translation” no ha dejado nunca de acompañarnos. Vaya ciudad de contrastes. Qué sociedad tan rica, multiforme y camaleónica. En definitiva, sorprendente.

Con Dani no hemos parado de comentar muchos aspectos que nos chocaban. Voy a enumeraros cinco:

1. Nivel de inglés de la población vs posición mundial de sus marcas.

Vamos a ver. ¿Cómo se explica que sus marcas hayan colonizado el mercado mundial si se estima que sólo el 1% de la población es capaz de una conversación madura en inglés? Sí, ya sé, me diréis que el 1% de 127 Millones de personas son 1,27 millones de personas. Esta no es la respuesta. Los niveles senior de las compañías no los copan personas bilingües. De hecho, nos comentaban que el inglés no representaba ningún diferencial.

Recuerdo que en la Universidad nos explicaban que en las corporaciones niponas expatriaban a los peores ejecutivos puesto que la carrera buena, la “voie royale” como dicen los franceses, era la doméstica. En el viaje me lo han confirmado. Antes sólo expatriaban a la gente que hablaba idiomas. Éstos eran los filólogos. Los que no tenían ni idea de negocio. Entonces me vino a la cabeza la anécdota que me explicó un compañero del colegio, graduado en Esade, que empezó a trabajar en Sharp. Bien, su jefe se cortaba las uñas de los pies en su despacho mientras silbaba. Su aportación al negocio no fue mucho más allá… Por suerte, parece ser que ésto ya está cambiando.

La mayoría de personas con las que nos hemos reunido tenían un buen nivel de inglés, salvo algunas excepciones. De hecho, dos de las excepciones (flagrantes) eran los responsables del departamento internacional de la empresa. Ya me diréis cómo lo sacan adelante.

2. El equilibrio, el orden, la elegancia versus la polución comercial.

No recuerdo haber visto una ciudad plagada de rascacielos más armónica. De cuidada estética, los edificios y las calles lucen. Asimismo, no todo es asfalto. Está plagado de zonas verdes y hay una buena cantidad de árboles y pequeñas zonas ajardinadas en las aceras y bajo los grandes edificios. El asfalto no atosiga tanto como en otras mega urbes. Por otra parte, la organización de los servicios es impecable. Todo tiene un propósito y cada cosa está en el sitio que han ideado. Les encantan los uniformes. Ya desde niños los ves uniformados. De adultos, todas las profesiones tienen el suyo. Los policías, agentes de seguridad, trabajadores del metro, jardineros, taxistas y oficinistas. Todos tienen su uniforme y lo llevan de forma impecable, casco o gorra y guantes incluídos.

Ahora bien, en las zonas de bullicio comercial la polución visual, lumínica y acústica es de “Padre y Señor mío”. Al más puro estilo “chino”, los colores chillones, carteles cutres, incluso grotescos, música descontrolada y alaridos de vendedores inundan el espacio público. Incluso dentro de las tiendas. En estas zonas, las tiendas no habrán visto un planograma en su vida. Es tremendo. Las zonas comerciales de Shinjuku y Akihabara son un verdadero insulto al buen gusto y equilibrio estético que tanto domina en el resto de la ciudad.

3. La hospitalidad, amabilidad y exquisitez en el trato versus la “agresividad ambiental” con relación al sexo.

El trato que nos han dispensado nuestros huéspedes japoneses es inmejorable. Sólo deciros que los 3 días laborables de la semana pasada nos invitaron a cenar de forma improvisada. Así, por el morro. Asimismo, durante las reuniones en sus oficinas, la cordialidad y ganas de llegar a un buen entendimiento han sido encomiables. Gran trato a nivel personal.

Todo ésto que os relato, ¿cómo casa con lo os contaré ahora?. Tengo fotos de carteles en la estación asignando vagones “sólo para mujeres” en las horas punta. Resulta que los toqueteos en medio de la masa son el pan de cada día. Rótulos que alertan a las mujeres a estar atentas a que no les hagan fotos por debajo de la falda. Vas por calles céntricas como pueden ser las de Shibuya (Pça Catalunya o Puerta del Sol) y anuncian a todas luces y con total descaro el catálogo de chicas que se ofrecen. La oferta sexual, cómo no, está también normalizada según unos parámetros de orden. Tanto en su publicidad (estilo comercial) como localización.

Nos comentaba uno de nuestros interlocutores que para que todo ésto fuera así sólo se explicaba por que los usuarios/actores de estos servicios/acciones eran sus compañeros de oficina. Es decir, no personas marginales, sino cualquiera. Factor que hace reflexionar.

4. La gran capacidad de innovación vs la no voluntad de salirse del rebaño. 

De sobras es conocido que Tokio es una de las grandes ciudades que marcan la tendencia. Si nos fijamos en el modo de vestir, aquí encontramos las personas más frikies vistas jamás. Y sin llegar a este extremo, no es raro ver algunos individuos yendo a trabajar con los pantalones por encima de los tobillos, zapato de charol sin calcetines y una americana. Dani se ha quedado prendado de las bolsas de diseño que muchos llevan. Por otro lado, en todo a lo que afecta a la robótica y electrónica, Japón siempre ha ido muchos años por delante del resto.

Siendo ésto así, contrasta enormente con la visión de la mayoría de ejecutivos vistiendo traje negro, camisa blanca y corbata oscura. Contrasta con la pregunta que los interlocutores te hacen: “¿alguien lo ha hecho antes aquí?”. Si la respuesta es negativa te dicen “ui, pues entonces no se puede hacer”. O contrasta con la escena que me ocurrió el otro día en el Esomar Best of Japan. Tom de Ruyck exponía su presentación sobre comunidades online y pidió que el público levantara la mano si conocía la marca de galletas Pim’s. Pensando que era internacionalmente conocida la levanté. Resulta que todo el auditorio se me quedó mirando porque nadie más se atrevió a hacerlo. No sé si es porque no la conocían o, simplemente, como me decía la representante de Coca Cola porque nadie quiere destacar en público. No quieren ser los primeros a título individual.

5. Gran oferta de comida japonesa vs inexistencia de pizzerias.

Sí, ya sé que es una chorrada. Pero el otro día reía solo pensando “nunca había visto tantos restaurantes japoneses juntos y tan pocos italianos”. Es así y se agradece.

Estos y más asuntos nos hemos ido cuestionando, sin encontrar la respuesta, estos días mientras luchábamos por llegar a los sitios indicados y por hacernos entender con los taxistas, trabajadores del hotel, restaurante, metro y tiendas o cualquier viandante. En definitiva, hemos disfrutado a nuestra manera estando “lost in translation”.

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3 pensamientos en “Lost in Translation

  1. Pingback: Rakuten CAFÉ, del on al off en Tokio | Netquest Asian Tour 2014 by Joaquim Bretcha

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